miércoles, 22 de febrero de 2012

El inolvidable John Merryck

El hombre elefante, la famosa película de David Lynch, es un magnífico largometraje, no sólo por su calidad como obra de arte, sino porque además traspasa los límites del simple entretenimiento y se adentra en el terreno filosófico, obligando al espectador a formularse preguntas que atañen al comportamiento humano. El verla me hizo recapacitar; pensé acerca del film y finalmente saqué unas conclusiones que me parecieron suficientemente interesantes como para ponerme a escribir sobre ellas. Estas fueron mis reflexiones:

La película narra la desdichada historia de John Merrick, un hombre  horriblemente deforme desde su nacimiento. Su aspecto es tan aterrador, que un hombre malvado lo utiliza para enriquecerse; bajo el peyorativo sobrenombre de El hombre elefante, expone a John en su feria ambulante ante un público atónito que observa con morbo al monstruoso ser humano.

Por suerte, un día el Dr. Frederik Treves (Anthony Hopkings) descubre a John y rápidamente se siente interesado por sus peculiaridades anatómicas. Con el único objetivo de estudiarlo médicamente, Treves rescata a Merrick de aquel infierno y le ofrece una nueva vida en el hospital en el que trabaja, donde El hombre elefante, con el tiempo, pasa de ser un simple experimento científico, a ser considerado y tratado como lo que en realidad es: una persona. Allí, en ese hospital, cerca de las enfermeras y de Frederik Treves, John Merryck consigue ser feliz por vez primera en toda su miserable vida.

Al protagonista le pasan distintas cosas a lo largo de la narración, y son varias las vicisitudes a las que se enfrenta, pero la escena que más me interesó, es esa en que una muchedumbre vulgar, ignorante y alcoholizada consigue entrar en la habitación de John, gracias a un ruin trabajador del hospital, quién, cobrándoles una entrada  logra colar a sus amigos en la habitación de John sin demasiados problemas.

Ese conjunto de viles personas no están interesadas en conocer personalmente a John Merrick; únicamente han oído hablar de su espantoso aspecto físico y pretenden contemplarle para reírse morbosamente de él. Cuando finalmente lo consiguen, maltratan a John como si de una bestia inmunda se tratara.

Ese es el momento clave de la película, pues el espectador ha llegado a conocer a fondo a John Merryck y su aspecto físico, con el que también se ha familiarizado, le es indiferente. Ya sabemos que el hombre elefante es una bellísima persona: es un hombre bueno, sensible, caballeroso e incluso refinado en su modo de pensar. John no es culto porque nunca ha tenido medios para serlo, pero sí siente un grandísimo interés por el arte y la lectura.

Es decir, John es en realidad un tipo inteligente y notable. Y, a pesar de haber vivido con ese delincuente de la feria ambulante durante la mayor parte de su vida, y a pesar de haber sido víctima desde su infancia de todo tipo de vejaciones y torturas, no es ni vengativo, ni amargado, ni mezquino, ni envidioso. John es un personaje realmente admirable.

Es entonces cuando entendemos el mensaje de la película: Merryck actúa de espejo humano; sólo ven belleza en John aquellos que guardan belleza en su interior. Como, por ejemplo, el médico, Frederik Treves, quien también es una noble persona, la primera que confía en John y le da una oportunidad. Por otra parte, la popular actriz que visita a John llega a sentir admiración por él. <<Usted es Romeo>>, <<el teatro es romántico, John Merryck>>, son frases que le dice la bella actriz al hombre deforme, pero de hermoso corazón, cuando ella descubre la vocación artística latente en John.

Es decir, sólo las buenas personas saben ignorar el espantoso aspecto físico que oculta la belleza que se esconde en el interior. Pero la gente vulgar y mezquina es incapaz de ver más allá de las apariencias. Por tanto, podríamos decir que las apariencias son una molestia que impide ver a la gente más estúpida y vil, pero sólo supone para los demás una ligera distorsión visual, como la miopía, y la pueden corregir si se aproximan un poco para ver de cerca lo que se esconde realmente tras el espejismo del aspecto físico.

En definitiva, por su gran mensaje, por su buen guión, por sus excelentes interpretaciones y por el inolvidable protagonista de la historia, El hombre elefante constituye sin duda una inolvidable experiencia cinematográfica.

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